El conocimiento acerca de la conducta suicida ha aumentado considerablemente. Las fuentes de información la relevan como una problemática compleja y multifactorial que involucra no solo aspectos personales, familiares, sino también económicos, políticos y culturales; junto con ello, la epidemiología ha permitido identificar factores de riesgo y protectores frente a este fenómeno. Y la evidencia científica asegura que es una conducta en gran medida prevenible. Sin embargo, pese a la diversidad de investigaciones que reportan importantes hallazgos y de todo el conocimiento que se encuentra disponible, el suicidio no se aborda con la prioridad que se merece.

El suicidio es considerado un tema tabú, rodeado de creencias, mitos y estigmas, que impiden su pesquisa oportuna y la búsqueda de ayuda en personas que están sufriendo. Debemos tener claro que, mientras más personas puedan abordar el tema, se espera que disminuya su incidencia; por tanto, hay que trabajar en educación y sensibilización, y en su detección precoz.

Son diversas las creencias y mitos en torno al suicidio, culturalmente aceptados y normalizados en el entorno, y que deben ser desmitificados con premura si se desea educar a la comunidad. Uno de los mitos más comunes dice relación con la idea de que “quien se quiere matar no lo dice”, criterio equivoco que impide prestar atención a las personas que declaran sus intenciones de no seguir viviendo.

Un contexto propicio y estratégico para esta acción son los establecimientos de educación, espacios claves de interacción social, que tienen la responsabilidad ética y moral de fomentar conocimientos y conductas en post de la salud mental de su comunidad educativa.

Ante las dificultades, generalmente las personas acuden a sus amistades, a sus cercanos, quienes no necesariamente cuentan con las herramientas que les permitan enfrentar situaciones difíciles, mucho menos situaciones de riesgo suicida. Por lo tanto, contar con una comunidad educativa capacitada en esta temática puede ayudar a la contención, crear un clima de confianza y facilitar su prevención. Sumado a esto, se hace necesario también fortalecer las habilidades familiares y social-comunitarias, ya que prevenir no es sólo tarea de las instituciones, es un trabajo que nos involucra a todos.

Debemos estar preparados y capacitados ante las señales de alerta del suicidio que pudiesen apreciarse al interior de la comunidad educativa (y de cualquier comunidad de la que formemos parte), PODEMOS SALVAR VIDAS. La comunidad debe saber que el suicidio es UN PROBLEMA DE SALUD y que todos y todas podemos hacer algo al respecto. Un punto de partida podría ser reconocer cuáles son los prejuicios que tengo al respecto, qué cosas hago cuando alguien sufre, cómo ayudo y qué puedo hacer para contribuir de manera positiva en mí, en mi entorno, en mi comunidad.

Print Friendly, PDF & Email