Por Dr. Daniel Rozas Vásquez, académico carrera de Geografía.
Laboratorio de Planificación Territorial, Universidad Católica de Temuco

Durante lo que va del año, cada rincón del mundo se ha visto afectado total o parcialmente por el COVID-19. Si bien, a lo largo de la historia, el escenario global ha sido golpeado por una serie de crisis, incluida la gran recesión financiera de 2008, en cada oportunidad los niveles de desarrollo humano han progresado paulatinamente año tras año. Sin embargo, esta tendencia se podría ver considerablemente afectada producto del virus, el que ha significado un triple impacto en términos de salud, educación e ingresos, además de sus múltiples repercusiones en el bienestar individual y de la sociedad en su conjunto.


No cabe duda que las ciudades han sido el epicentro de estos impactos y para bien o para mal, la pandemia nos ha demostrado la urgencia de implementar una agenda de desarrollo que concentre esfuerzos políticos, económicos, sociales, científicos y tecnológicos para construir un presente inclusivo, sostenible y resiliente. Generalmente, estas expectativas son atribuidas a lo que podemos construir en el futuro, no obstante, hoy queda en evidencia una deuda social y ambiental que pronto puede llevarnos a una banca rota global.

El año 2015, Chile suscribió la Agenda2030 en conjunto con los países miembros de las Naciones Unidas, y con ello el compromiso de cumplir con los Objetivos de Desarrollo Sostenible. La relevancia de esta agenda se ha plasmado en una serie de acciones que apuntan a la disminución de la pobreza, la desigualdad, contrarrestar los efectos del cambio climático, fortalecer la inversión en energías no contaminantes, entre otras. Si bien los avances han sido más bien discretos, bajo el contexto actual de pandemia, el desafío de alcanzarlos compromete significativamente las expectativas planteadas al horizonte 2030. Adicionalmente y como se ha visto en otras manifestaciones de la naturaleza, los mayores afectados son aquellos que conforman la población de menores recursos, y esta oportunidad no ha sido la excepción. Por nombrar algunos ejemplos, durante estos meses hemos sido testigos de precarias condiciones de acceso a la salud pública, una pérdida importante de empleos, largas filas para abastecerse de alimentos, y una evidente brecha digital que desafía los avances en todos los niveles educacionales, la que es aún más crítica en zonas rurales.


Por tanto, volver a la esperada “normalidad”, no parece ser la mejor opción ni en el corto, mediano ni largo plazo. No olvidemos que esa normalidad es la que nos trajo a este punto. Uno que, sin duda, demanda profundas transformaciones en el paradigma actual, el que está obsesionado con el consumo y crecimiento económico, nos haga o no prosperar, y sin considerar los límites del sistema socio-ecológico que nos brinda soporte. Sin embargo, si hay algo bueno que podemos rescatar de esta crisis, es que nos invita a salir de la zona de confort que llamamos “normalidad” para repensar nuestros espacios, nuestras ciudades y nuestros valores, bajo un contexto que permita avanzar efectivamente hacia un desarrollo sostenible. Y esta vez, como dice el lema de la Agenda2030: “que nadie quede atrás”.

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