El Estado llegó después. Mucho después. Después de cuatro años desde la erupción del volcán y cuando el pueblo de Chaitén, poco a poco y contra viento y marea retornó a su tierra y a pala y sudor, escarbaron las cenizas para habitar sus casas, o las casas que fueran relativamente habitables. Mucho después de que esa humilde gente, muchos descendientes de colonos, acarrearan por años el agua en baldes y vivieran a oscuras las inclemencias de uno de los climas más indómitos del país para hacer presencia y luchar día a día por el derecho a vivir en donde siempre vivieron e hicieron patria.

chaiten-sur

El Estado de Chile llegó después a poner las reglas, cuando las reglas eran sobrevivir, reconquistar, defender, patalear, insistir, resistir, subsistir.  Llegó después a poner sus reglas y sus normas y sus condiciones de arriendos y sus presiones y humillaciones, y sus estándares de nivel central y sus medidas de lo posible, cuando esa gente siempre postergada ya había ganado en la Corte Suprema el derecho a regresar. Porque como reza la sentencia del Poder Judicial, el desastre de Chaitén fue evitable, y sí y solo sí, ocurrió “por la falta de trabajos ingenieriles”, y entonces determinó de que la capital de la provincia de Palena era perfectamente y legítimamente habitable.

El Estado llegó entonces y comenzó a aplastar el resurgimiento a punta de normativas inaplicables a la gente en un terruño de excepción. Porque el Estado era el papi, era el dueño, es quien se quedó con casi la totalidad de las propiedades de los colonos, porque los obligó a vendérselas, porque por alguna razón ya no quiso a esta gente, a estos chilenos, doblemente chilenos ahí. Porque Pérez Yoma dijo en HD y para todo el país “Chaitén ha muerto”. Y les hizo la guerra. La guerra institucional y psicológica.

Y ellos ahí seguían, y seguían llegando y reconquistando poco a poco. Con un bulldozer quisieron, de un día y para el otro, arrancarles el cementerio con sus muertos y sus flores, antepasados, hijos y nietos, en plena carretera austral a la salida sur del pueblito. Y ahí esta gente, sobre todo mujeres, se lanzaron al pavimento en la entrada del campo santo, todas y todos, gritando a la fuerza pública “nos pasan por encima y nos matan, pero de aquí no nos movemos”. Sí, así de abrupto, así de cruel, así de indolente, así de práctico, así de monstruoso.

Y ellos, los chaiteninos de siempre, ahí, plenos y sobre todo plenas de convicción, en medio de paradigmas inentendibles para un Chile que termina en Puerto Montt, se enteraron un día de que llegaba una barcaza más, la barcaza del desgarro, cuando el Estado, abrumado por el dictamen de la Corte Suprema, se les ocurrió presionar la entereza psíquica de un pueblo de colonos del fin del mundo enviando al Sename para quitarle los hijos a las madres porque no había infraestructura que garantizara los “derechos del niño”. Porque no había escuelas, porque no había luz ni agua, porque simplemente había madres, cosa poca. Y se los arrebató en la ingenuidad de que aquello removería a las madres y las obligaría a abandonar el pueblo y su lucha.

Pero las madres no se fueron, no abordaron aquella barcaza infame con decreto gubernamental. Y se fueron los niños, todos los niños, algunos con un cartelito colgando de sus cuellos con sus datos personales. Sin sus madres. Se fueron y las madres no supieron en un principio hacia dónde los llevaban. Se fueron. Abordaron en el desgarro de soltarse de los brazos, de no saber qué pasaría. Un griterío profundo en el embarcadero entregaba certezas, fortalezas anacrónicas para el entendimiento del resto del país que es todo el país, y, por sobre todo, entregaba un mensaje de lucha y de esperanza. Complicidad en el lenguaje que solo puede comprenderlo el amor colectivo.

Gente de delantal y pan amasado, en un lugar en que ni los timbres de las casas existen y por lo tanto los niños del pueblo juegan a mil cosas menos al “rin raja”, en donde llueve diez meses al año, se juntó un día en una protesta desconocida para todo Chile, y supieron de qué se trataba el olor a lacrimógena. Así fue. El Estado les envió a sus Fuerzas Especiales en helicóptero a reprimir a los vecinos de toda una vida en donde nadie es anónimo, en donde todos asisten y lloran el muerto de ocasión porque es el muerto de todos.

El Estado lo intentó cientos de veces y esos cientos de veces fracasó.

Y ganaron. Esa gente de Chaitén ganó. Se ganaron a sudor y sangre el derecho de habitar sus tierras y su historia.

Entonces el Estado no tuvo de otra que administrar el pueblito. Casi todas las propiedades fiscales. Casitas humildes, en una u otra medida en el contexto de un clima extremo. Allá la pobreza responde a otros estándares. Nadie vive “en la calle” porque quien lo hace se muere en cosa de días. Y la gente requiere espacio. El invierno es más que rudo. Es otra cosa. Obliga a comprender esa realidad desde su propia gente y quien no lo hace, simplemente habla de otro mundo, no de aquel. Sería irresponsable. Sería miope. Sería “pa la foto”, pal discurso público.

Esa gente de hierro y de convicción en cada célula del cuerpo, levantó entones cada casa recuperable con sus medios, con un esfuerzo titánico, con frío, carentes de todos los servicios y garantías básicas de las que goza el resto del jaguar de Latinoamérica. Muy lejos del “milagro económico”. Año a año. Día a día. Soslayando mil renuncias. Sacrificando estabilidades. Acarrearon toneladas de cenizas, reparando cada viga, cada techo, cada suelo, para tener cobijo y forjarse nuevamente.

Y lograron el agua, la alcantarilla, el derecho a usar un wáter. Surgieron los primeros emprendimientos. Lugares para alojar. Lugares para comer. Hacer unas lucas, hacer presencia, soberanía y legitimidad de un derecho humano.

Nadie sabe con certeza demostrable si fue el Estado, pero la cosa es que de la noche a la mañana, en un lugar en donde encender un trozo de leña es un arte debido a la humedad, comenzaron a incendiarse las oficinas públicas. El edificio de la Gobernación, del Municipio, de los servicios ministeriales. Entonces la gente de la resistencia alcanzó a rescatar el último carro de los bomberos, y las mujeres de antaño, de delantal y pan amasado, consiguieron capacitación. Se movilizaron, las entrenaron y vistieron el uniforme y los rigores del trabajo bomberil y rescataron su cuartel y acudieron con las mangueras a pagar los intentos pedestres por sacarlas de ahí. Sí, se hicieron bomberas. Están las fotos para quien deseen verlas, con todo y uniforme.

“Lo peor de todo fue la guerra psicológica”, relatan ellas. “Vivimos una dictadura en plena democracia”, insisten.

Y ahora el Estado, que arribó luego del fenómeno, luego de años de ocurridos estos y tantos hechos más para administrar la conquista ya irreversible, y luego de verse forzado a otorgarles al menos luz y agua (sólo a la mitad del pueblo de Chaitén), y luego de realizar una tasación de las propiedades en base a las condiciones de las mismas que son el resultado del esfuerzo, dinero, recursos y sudor de los mismos chilenos que las habitan, comenzó hace algunos años a cobrarles y con retroactivo el arriendo de sus hogares. Sí, como usted lo lee. Tal cual.

Llegó el aparato estatal con la corona del “proceso de reconstrucción”, con delegación presidencial y todo. Bombos y platillos. Promesas y promesas y más promesas. “A ustedes les compramos sus casas caras y no tienen de qué quejarse”. Pero resulta que dicha “obligación voluntaria” respondió a la irresponsabilidad del mismo Estado, según el dictamen de la Suprema y de todo aquel que realmente sabe qué pasó ahí.

Y la gente “regularizó” y comenzó a pagar en pesos su atrevimiento, su convicción, su testarudez, su enorme amor, su identidad, su derecho. De esto ya hace unos tres años. Esta gente ha pagado su propia inversión, sus renuncias, su sudor, su costo humano, su derecho, su historia de colonos en favor de todos los chilenos, una vez más. Una generación más.

Y el Estado, papá mono, hoy y ayer los sigue agrediendo. Persigue y dificulta sus vidas, su habitabilidad, sus familias, sus memorias y sus emprendimientos. Llegaron los funcionarios públicos, felices del sueldo extra por ejercer en zona extrema a cambio de no hacer nada, o casi nada. A cambio de no hacer bulla, celosos de cumplir con el mandato de otorgarles “bolitas de dulce”, literalmente. Para que no molesten, para que se esperen, para dar espacio a los negociados infaltables y evidentes de hacer sinergia en respuesta a intereses individuales respecto de un territorio patagónico de alto impacto inmobiliario. Chaitén, puerta de entrada a la Patagonia profunda.

Pero si estos chilenos doblemente chilenos pudieron más desde un principio y casi anónimos, y le doblaron la mano al Estado de Chile antes, resulta que hoy, con toda la legislación estandarizada y oportunista y persecutora encima, pelean una dura e injustificadamente redundante batalla más.

Como dije, el grueso de las propiedades son del Fisco. Y quienes han reconstruido Chaitén, como quienes hemos llegado para quedarnos, hacer Patria y emprender y aportar en esta cruzada de anónimo beneficio social y nacional, nos encontramos hoy siendo perseguidos, amonestados, demandados, humillados y angustiados por el accionar de nuestro propio Estado, el cual se ha esmerado en al accionar de su dirección regional y local, en vejarnos y amedrentarnos para que muchos de nosotros le dejemos las casas que ocupamos, arrendamos o simplemente habitamos luego de levantarlas desde los cimientos y generando en ellas diversos emprendimientos y proyectos para resucitar Chaitén y para ganarnos nuestra subsistencia como chilenos de zona extrema que hacemos Patria, con el fin muy localista de “beneficiar” a los amigos y conocidos (para decirlo de forma elegante), de los funcionarios públicos de ocasión. Ocasión política. Ocasión social. Ocasión corrupta. Ocasión conveniente. Ocasión coyuntural. En suma, intereses altamente convenientes de quienes funcionan para beneficios propios o bien, del establishment regional y local.

Mas lo “local” sólo ha sido posible gracias a esta vitalmente intensa convicción de quienes siempre fueron o han decidido o han decidido ser de acá.

Se fue a las nubes el precio de una propiedad en esta parte la Patagonia y en el resto de la Patagonia. El mercado, el maldito mercado y sus oportunistas, mucho de ellos en el poder que no es “de turno”, porque luego del punto de inflexión que fue para el país el 2015, estamos claros que poco y nada tiene que ver con un Gobierno específico ni menos en el contexto de un segmento cronológico de los últimos años.

La gente toda y humilde de Chaitén ha enviado ya una carta a la Presidenta, a quien consideran una vecina de estos lados. Le han dado el beneficio de la duda en virtud de que estamos a la cresta del mundo “real”, a ella y al ministro de Bienes Nacionales. La gente de Chaitén ha depositado su última esperanza, antes de la barricada y el casi siempre desconocido aroma a lacrimógena en medio de la mítica Carretera Austral, en donde nos es perfectamente posible cortar a Chile en dos, en el hecho de que alguien de ese nivel central venga y los escuche y los comprenda y los apañe una vez establecidas las gigantescas particularidades de este sitio postergado y que el gobierno regional ha soslayado en respuesta a la correlación de fuerzas locales y egoístas.

El Estado llegó después a “ordenar” el almanaque, y es justamente todo lo que ocurrió antes lo que define la legitimidad a ultranza y en cada célula de esta gente, lo que los llena de convicción y lo que, a fin de cuentas, establece que, en Chaitén, una vez más las cosas, en su entendido resolutivo, no serán aceptadas ni condicionadas nunca más por ningún dictamen que no considere, hoy, nuestra voz.

Queremos ser escuchados, en la presencia de los gobernantes y a la hora de estampar las políticas públicas tanto de facto como en el papel. Queremos vivir, porque un patagónico, o vive, o muere. Acá, menos aún el clima indómito y condicionante, no permite algún tipo de término medio. Seremos pocos, pero somos chilenos…. también.

Por Claudia Aranda Arellano. Ex Jefa Provincial de Bienes Nacionales Provincia de Palena 2014, hasta que “la jefa comprendió y se puso de parte de la gente del pueblito”.

Fuente: Blog.lanacion.cl

elhuemul.cl

Print Friendly, PDF & Email